Joana Raspall

Estimo les lletres
que formen els mots,
els llavis que els diuen,
i el cor que els entén…
perquè als mots hi ha
l’anima

de tota la gent

Detente un punto, pensamiento inquieto

Detente un punto, pensamiento inquieto;
la victoria te espera,
el amor y la gloria te sonríen
[...]
Rosalía de Castro

miércoles, 25 de mayo de 2011

La casa del pueblo

Era una casa grandiosa. Tres plantas y buhardilla. Pero siempre estábamos en el patio o la cocina-comedor. El salón era sólo para las visitas. Las habitaciones sólo para dormir. Eso entre comillas, claro. Había tántas, que yo, como niña, no me cabía en la cabeza semejante cantidad de habitaciones, y un sólo lavabo, hecho como a ratos, y con restos de material. Y para más molestar en el patio. Se cruzaban doscientos metros de casa para llegar. Se te quitaban las ganas de usarlo. Y aún los otros niños nos llamaban " los del lujo" por tenerlo.

Cuando "limpiaron" mis tíos la casa, tras la muerte del abuelo, malvendieron todo lo de la buhardilla. Lámparas rotas, cuadros de la abuela, colchones de lana...y un largo etc.
Mi madre, mujer de las de no tirar nada, creo que hasta lloró, cuando vió el vacío.

- Ahora sí, se me fueron mis padres, dijo en susurros.

Cogió un viejo cuadro, apartado para tirar también. Lo limpió como si fuera plata. Al ver roto el marco, lo intentó arreglar. Sin poder claro. Entonces se le pusieron los ojos como platos, y empezó a llorar. Del marco roto, estaba sacando billetes doblados cuidadosamente. Dinero de curso legal.

- Fíjate María, me dijo sacando los billetes.

Recordé al abuelo cuando nos decía a los nietos:
- A los recuerdos, siempre los llaman trastos viejos

a mis abuelos por supuesto,
cualquiera que sea el dia, el mes, o el año
Sábado, 23 de Mayo de 2009 17:36